Desde afuera #4 – Por qué escribir literatura (y no otra cosa)
Agosto y septiembre de 2007
A mí me gusta redactar, para mí mismo, mentalmente, cosas que suenan bonito y parecen decir algo importante; por ejemplo, mientras regresaba de clase un sábado, me escribí lo siguiente: “Es fácil maravillarse ante las palabras ajenas, pero para maravillarse con las palabras propias hay que ser un genio o estar loco.” Son apuntes misceláneos, como los que le encantaba reunir a los románticos alemanes. (Solamente menciono a los románticos alemanes porque el romanticismo alemán es el tema del primer corte de Literatura Europea de este semestre, y porque son buen ejemplo. No me estoy categorizando a mí mismo como romántico alemán, nada de eso; es tan sólo una observación inocente, sin ninguna pretensión.) Pero, apuntes (“fragmentos”) como ésos, ¿son filosofía, o son arte? Si parecen artísticos, ¿qué es lo que hace que lo parezcan? ¿Por qué digo que “suena bonito” mi frase de antes? ¿Acaso hay otra forma de decir lo mismo, otra que no sea tan bonita sino más fea? ¿Qué es lo que me lleva a redactarlo así, y no de esa otra forma más fea?
Después de esta introducción un poco forzada (nota al margen: antes de que el servidor se rompiera, había escrito una introducción diferente para el mismo texto, aunque igualmente forzada) paso al centro del asunto de este mes: esa distinción que debe necesariamente hacerse entre literatura y no literatura. Como la idea no es describir qué es lo que es la literatura (no puede serlo: esa pregunta se contesta con poesía, no con ensayos, y solamente después de la debida investigación), hago partir mi argumento desde el punto contrario: lo que definitivamente no es literatura. (Aclaración metodológica para quien la crea necesaria: no me valgo de argumentos ajenos para sustentar mi punto de vista, así que no estaré haciendo citas a pie de página cada tanto. Me valgo, en cambio, de mis propios conceptos y estructuras, y así los presento y argumento.)
Se me vienen a la mente por lo menos dos tipos de textos que definitivamente no consideramos literatura: la monografía académica y la noticia periodística. ¿Qué características los definen? Ante todo, ambos tipos de texto buscan la mayor claridad y la mayor concisión. A los académicos se les exige una definición específica de cada término que emplean en su discurso, y no pueden luego hacer cambios en esta definición. De hecho, emplear un término en más de un sentido es incurrir en un tipo de falacia lógica (es conveniente hacerlo cuando lo que se quiere es desorientar al lector). Pasa lo mismo con las noticias del periódico; ocasionalmente se emplea un titular llamativo con un ingenioso juego de palabras, pero ya en el cuerpo de la noticia, cualquier confusión semejante es imperdonable.
Otra característica que ambos tienen en común es la necesidad de encontrar una convención en el lenguaje, puesto que el objetivo de ambos es comunicar un hecho o una idea, y usar un término que el lector no conoce equivaldría a ocultarle eso que se le quiere revelar. Los textos no literarios apelan siempre al lenguaje que ya conocemos; de algún modo, nos reafirman en él. Nos dan la seguridad de que el vocabulario que usamos todos los días satisface todas nuestras necesidades expresivas. (No quiero decir que no lo haga; solamente me apoyo en esto para determinar las características del texto literario.)
¿Qué función tiene, entonces, la literatura, considerada en oposición a la no-literatura? Más allá de aquellas obviedades de la polisemia y el símbolo y la belleza, quiero destacar el hecho de que la literatura emplea una convención de lenguaje diferente a la convención a la que nos acostumbran los textos no literarios; y este hecho tiene varias consecuencias. En primer lugar, nos obliga a pensar con un cuidado particular aquello que estamos leyendo; puede decirse que son los términos desconocidos los que nos mantienen despiertos y atentos, aunque se sacrifique la claridad del texto. (Hago la observación de que este “efecto literario” no se limita solamente a las palabras aisladas: también se observa cuando el lector se topa con construcciones de palabras que se salen de la convención.)
En segundo lugar (y esto ya es una lectura mucho más metafísica del problema), el lenguaje de la literatura se convierte en una expresión de lo ajeno, al separarnos de esa convención cotidiana. A partir del lenguaje, la literatura nos lleva a descubrir aquello “otro” que nos produce curiosidad o quizá temor; y si consideramos que cada forma de expresarse es una forma de ver el mundo, sin duda hay que reconocer que cada obra literaria es también una perspectiva diferente.
Finalmente, esa diferencia que caracteriza al lenguaje de la literatura despierta nuestra capacidad de asombro, y nos permite admirarnos de la belleza de un poema. No hay, entonces, verdadera literatura sin un lenguaje nuevo, diferente; y todo lenguaje nuevo ya representa por sí mismo una literatura, pues cada construcción del lenguaje habla y significa por sí sola.
No hay mejor cosa; que ser auténtico. Agradecido tus palabras y la visita a mi blog. Congratulaciones por el tuyo.
interesante. el alma reconoce la literatura. La mente, la no literatura