(Lamento tener que recurrir a cosas viejas para mantener la bitácora “actualizada”, si se puede decir que presentar un cuento con semanas de edad es actualizar; pero ya me daba pena con ustedes, y lo lamento. No es garantía de que no vuelva a pasar…)
El último hombre
Por Fabio Enrique García
Agosto y septiembre de 2007
Y se murió. Justo tenía que morirse, el muy bruto. Él solo era el único que podía morirse (¡y con qué ganas!) antes de ser testigo del final de la Tierra. Creyó que hacía algo muy noble, dejándome aquí abandonado, en mitad de un mundo lleno de máquinas que corren solas, sin saber por qué ni para quién. Creyó que yo merecía el honor de ser el último hombre sobre el mugroso planeta. Honor. A quién le importa el honor si no hay a quién presumírselo.
Y se murió. Como se han venido muriendo todos desde el catorce de febrero del veintisiete. Yo fui el primero en saber que estábamos condenados, y así mismo he sido el que más se ha demorado en morirse. Como si estuviera maldito. Maldito yo y maldito el género humano, que se maldijo a sí mismo para poder sobrevivir; que le fue comprando el tiempo al planeta, a precio de muerte.
La guerra comenzó el catorce de febrero. Claro, con tantas guerras que ha habido, a todo el mundo le valió un carajo. Y se peleaban. Los primeros dijeron que era porque los segundos estaban haciendo amenazas terroristas, y los segundos dijeron que solamente exigían respeto como nación. Y ninguno de los dos pudo justificar lo que decía, sino por las armas.
Pero el mundo no se comenzó a acabar hasta que alguien se inventó el arma más peligrosa que jamás ha existido: una máquina de excavar que provocaba terremotos según la voluntad de su creador. Si los propietarios hubieran hecho buen uso de la joyita tecnológica, se habrían tardado un poquito más en matar a los otros, pero lo habrían hecho tarde o temprano, y el mundo hubiera seguido de lo más feliz y contento. Nada más lejano de lo que realmente pasó.
Los jefes siempre son tercos, porque están rodeados de súbditos que responden por ellos. Y de todos los tipos de jefes, los más tercos son los militares, porque tienen súbditos que pueden matar a sus opositores con un botoncito. Y el buen jefe le dijo lo siguiente a los señores científicos; una frasecita que quedará para la historia hasta que todas las máquinas se apaguen: “¡Al diablo con la seguridad mundial! Quiero a todos los terroristas muertos antes de mañana. Que se acabe esto rápido.” Y se acabó rápido: en menos de veinte años, ya solamente queda un hombre en todo el planeta.
Y se murió. Y no es el hecho de que se haya muerto, sino que se muriera sin saber toda la verdad como la sé yo. Si hubiera conocido el verdadero cuento, se habría quedado a pasar hambre aquí, conmigo. Incluso pudo haberse quedado a pasar hambre por pura amistad, pero no. Prefirió hacerse el noble y matarse.
La guerra se acabó, pues, al día siguiente de eso. No duró sino tres años. Pero (bonita magia, la de la ciencia) el daño que causó el arma fue tal, que se desató una ola de terremotos por todo el planeta, uno tras otro, de magnitud imponderable, sobre las ciudades más grandes, y muchos en el mismo lugar con intervalos de días. Toda ciudad que no quedó en ruinas quedó hundida en el agua, como la Atlántida. Y entonces tuve mi último asomo de risa: en el primer sismo, la tierra se tragó al portento de ser humano que dio la orden. Y pensé que se lo merecía, y que la deuda estaba saldada, y que ya se recuperaría la estabilidad telúrica, y me reí. Pero ¡qué compensación ni qué nada! Lo peor estaba por comenzar.
Así, entonces, en los años siguientes nos fuimos muriendo todos. Desde que la producción alimenticia estaba totalmente industrializada (cada animal y cultivo, tratado como poco más que un aparato de hacer comida), ya dependíamos de la tecnología para poder vivir. Destruidas las máquinas y acabadas las reservas, el hambre se los llevó a todos. Nosotros fuimos de los pocos que tuvimos la integridad de no devorarnos unos a otros.
Desde hace algunas décadas, las enfermedades incurables se han hecho tan comunes que cada ser humano es sometido a tratamiento médico incluso desde antes de nacer. Y cuando el cataclismo arrasó con la industria farmacéutica, estalló la peste como un fuego en mitad del bosque (si hubiera todavía bosques hoy en día). Pero, entonces, ¿qué fue lo que quedó de toda esa maquinaria? Precisamente lo menos necesario y más prescindible: las redes de información y telecomunicaciones. No fueron, sin embargo, totalmente inservibles: fue gracias a ellas que nos supimos el último pueblo de la Tierra.
El mundo se terminó de acabar hace dos días. Apenas quedábamos nosotros dos y una mujer. Yo ya estaba muy viejo para esos cuentos, y él, en cambio, era un muchacho apenas, así que a él le tocó ser el último padre del planeta. Y anteayer se murió la última madre, con seis meses de embarazo, quién sabe de qué trastorno. Y si hubiéramos sabido, lo mismo se habría muerto, porque no teníamos cómo tratar ninguna enfermedad.
Y hoy se murió él. Salió de mañana, sabiendo que yo duermo hasta el mediodía, y se cortó las venas. ¡Y tuvo el coraje de dejarme una nota suicida! ¿Su testamento, el testamento de aquel digno cobarde? “Quiero que por lo menos tengas alimento en tus últimos días. Toma, cómeme.”
Perdona no haber venido >.<! Pero acá estoy… con blog nuevo, Cynical Friend no me gustó… bueno… este cuento me gustó, me pareció narrado de una buena manera, pero no sé porque no me gustó lo de la máquina… detesté que muriera la mujer embarazada, aunque hubiera muerto de todos modos y con todo y bebé… Eso hubiera sido muy trágico…
Saludos! Evanna!